Hoy martes, mientras me ponía los calcetines negros he vuelto a recordar a Asun.

Fue en Bolonia del ochenta y cuatro cuando la conocí. Me presenté yo a ella venciendo mi perpetua timidez. Me gustaba tanto su trabajo. Ella estaba sentada en el stand de la editorial Destino.

Era el tiempo de los libros de Munia. “Munia y la luna” había sido un deslumbramiento. Su trazo me parecía tan justo, suficiente y verdadero. Ella no dejó de mirarme mientras hablábamos, ella más que yo, dado mi natural silencioso. Supe después que el objeto de su atención eran mis calcetines color naranja, inusuales y disparatados.

Ella, Asun, cuando se vió en el trance de escribir sobre mi un breve texto en los primeros números de la revista CLIJ, trató de mis calcetines naranjas, hablo de mis ilustraciones bajo el prisma de los calcetines y sobre todo del naranja que rompía la norma y quebraba el orden con su pequeña intromisión.

Ese fue su regalo para mi: sus “Zapatillas rojas” su empujón “Por los aires”. Me hizo ver que la parte ingenua, frágil y defectuosa de mi, era más importante que todo lo aprendido en años y esfuerzos. Más valiosos los elementos que desde la identidad de uno, quebrantaban la comodidad y el orden establecido.

Ahora llevo calcetines negros. Los naranjas los dejo para calzarme el corazón.

Asun, que tu recuerdo nos siga ayudando a todos.

Alfonso Ruano

Conocí a Asun Balzola hace ahora diez años. Cuando comenzábamos a soñar la colección Sopa de Libros, que vio la luz un año después. Entonces yo era un editor primerizo y casi tenía que ponerme de puntillas para pronunciar su nombre.

Su obra la descubrí quince años antes, cuando era un maestro de escuela, que trataba de encontrar libros valiosos para mis alumnos.

La primera vez que acudí a su encuentro, iba con el temor que tantas veces me acompaña a la hora de conocer a un creador: ¿qué relación existirá entre su obra y su persona?, ¿estará ésta a la altura de aquélla?

A los pocos minutos de compartir sus últimos proyectos, de observar sus acuarelas, de escuchar su voz, y evitar su penetrante mirada, sentí que Munia no era un azar y que Guillermo no era un ratón de biblioteca, retórico.

Desde aquel primer y, para mí, profundamente significativo encuentro, he podido compartir con Asun bastantes momentos de trabajo, como editor, y más de uno, y esto es sin duda lo más valioso, como amigo. Esa frontera, tantas veces demasiado señalada entre un escritor o un ilustrador y su editor, que delimita lo laboral y lo personal, lo mercantil y lo privado con ella no existía.

Siempre sentí que su mirada transcendía lo evidente, que sus consideraciones sobre el proyecto que nos ocupaba eran mucho más amplías que mis preocupaciones concretas de editor. Su universo plástico contenía todos los matices estéticos, incluido el silencio. Y lo que mi mirada no alcanzaba a ver, ella lo sugería con su palabra escueta, para que nunca uno tuviese la sensación de no entender.

Ahora, en estos momentos, acudo, inevitablemente con otra mirada, a los libros en los que trabajamos juntos; libros que han supuesto, junto a otros de algunos creadores con los que he tenido la suerte de trabajar, mi aprendizaje como editor, y sigo descubriendo en ellos su mirada sabia y contenida, sus guiños a la infancia —esa patria de la que el tiempo nos exilia—, su ironía, y sus silencios. Porque de lo que no se puede hablar, es mejor guardar silencio.

Gracias, Asun, por tu silenciosa lección.

Antonio Ventura

Una palabra de aliento

Conocí a Asun a principios de los años noventa, en Arenas de San Pedro. Le ofrecí un ejemplar de la Revista Peonza y le pedí la dirección para enviársela a partir de entonces. Ella accedió gustosamente. Al día siguiente coincidimos en otro café, y me comentó que se podían hacer muchas cosas para mejorar la publicación. Diseccionó con cruel sinceridad todos y cada uno de los puntos flacos e incoherentes que albergaba nuestra Peonza de entonces. Un mes más tarde, envió una nueva portada y unos diseños para cada una de las secciones. Dio un impulso nuevo y renovado a nuestra modesta revista.

Todo ello lo hizo sin conocernos de nada, por puro altruismo. Con el paso de los años ha seguido colaborando con nosotros desinteresadamente y siempre con energía y espíritu crítico.

Esta pequeña anécdota deja al descubierto una persona con afán por ayudar cuando en su mano está hacerlo, sin que medie ningún interés personal. Ya sé que los que la conocimos de forma fugaz tenemos una visión parcial de su figura, pero así sucede siempre. La cara que veo de Asun en el prisma de su persona es la generosidad. Hay otras caras como la tenacidad, la fuerza… pero de esas no puedo hablar de forma directa y personal.

 “El cordón de su corpiño” que nos regaló fue el de la generosidad y se lo agradeceré por siempre.

Javier García Sobrino